WASHINGTON.- Los negocios abiertos, atención ordinaria en las oficinas públicas y las aulas a pleno (menos, en un puñado de escuelas). Es un martes común y corriente, salvo porque millones de personas van a votar. El panorama de los comicios en los Estados Unidos casi no tiene punto de contacto con la realidad argentina -menos aun con la tucumana-, en cuanto al ritmo de la elección.

En Arlinton -Estado de Virgina, tan cerca de Washington que parece un barrio más, separado por el río Potomac-, los comicios muestran el color del que carece la capital, que no elige senador ni diputado. Cerca del Pentágono (el edificio con más celosa protección de toda esta región de EEUU) los jardines de las casas se adornan con las tradicionales banderitas de apoyo a uno u otro candidato. Es la versión local del pasacalle argentino.

Muy distintos

Aparte de la diferencia de que es en un día de semana (un martes estadounidense, en vez del tradicional domingo de elección argentina) y de que, por tanto, no se detiene la actividad normal de una ciudad, los datos distintivos abundan. Algunos de estos son:

Nada de veda electoral; en la víspera, se multiplicaron las actividades de los candidatos, que priorizan el contacto directo con el votante antes que actos masivos. El gran protagonista de los últimos días fue el ex presidente Bill Clinton, quien se metió de lleno en la campaña para apoyar a los candidatos demócratas en distritos clave. El mismo día de los comicios, en la puerta de cada local electoral, militantes de distintas fuerzas (la mayoría de arriba de 40 años), uno al lado del otro, entregaron propaganda política, sin ninguna preocupación. El respeto mutuo impera y el elector que toma el volante de una fuerza, rechaza el de la otra sin que se oigan reclamos.

En EEUU vota el que quiere. Para sufragar, el interesado debe inscribirse en un padrón especial; pero si, aun anotado, decide faltar, no pasa nada. Incluso, carteles comunican que, si el elector se mudó de barrio, lo puede anunciar en el mismo momento de votar, para que se lo registre correctamente: mal pensado, sería el paraíso para ejecutar el doble o triple voto. En la Argentina, todo ciudadano de entre 18 y 70 años está obligado a sufragar, y la ley prevé sanciones para el que no cumpla con ello.

Antes o al salir del trabajo, de hacer un trámite o de asistir a clases, el votante hace una fila (bastante corta), sufraga y se va. No se ven taxis ni remises coloridos, identificados con punteros de uno u otro sector interno de cualquier partido.

Las únicas bolsas de mercadería que se ven son las que llevan quienes realizaron sus compras en los supermercados. Los baúles de los taxis llevan valijas, no pruebas del clientelismo electoral, una tradición en Tucumán.

El cuarto oscuro es apenas un corralito enclenque de paredes de cartón rígido o de madera débil en unas pocas escuelas o en oficinas públicas. A veces, se añade una débil cortina, para ofrecer la sensación de intimidad. Nadie se pregunta si lo están filmando, si su elección será controlada, si alguien se enterará de su decisión.

La propaganda, en forma de pins, de gorros o de unas pocas banderas, sólo se ve en las puertas de locales de votación o en sedes de los partidos (grandes vidrieras engalonadas con las imágenes de los referentes). Ninguna pared pintada, ni cartelones, ni afiches que ocupen cuanto espacio libre queda. Apenas unas banderitas bajas clavadas en el pasto. El orden visual enmarca con claridad los espacios privados y los públicos.

Los estadounidenses ya estuvieron votando desde hace días. Lo hacen mediante el voto por correo o anticipado, en ciertos puntos (optan por esta modalidad entre el 25% y el 27% del padrón). Los sitios de votación presencial abren en distintos horarios, según cada Estado, pero lo más común es que se habiliten entre las 6 y las 7 de la mañana (y hasta las 19).

Parecidos

Pero no todas son diferencias; también pueden observarse algunas similitudes:

La política se profesionalizó. Los dirigentes son especialistas y es casi imposible que alguien nuevo salte de la nada a la primera línea en el Congreso.

El ciudadano de a pie está mayormente desmotivado, y responde más a sus propios intereses que a los de los partidos. No hay saltos de uno a otro lado; más habitual es que el desengañado se quede en su casa y no vote a que cambie de bando radicalmente.

Los estadounidenses de clase media para arriba esperan, simplemente, que su Gobierno los deje hacer y se limite a administrar la cosa pública sin déficit ni inflación. Pero los sectores más excluidos y relegados socialmente aspiran a ser amparados y contenidos por el Estado, incluso a cargo del erario. En este sector se enrolan también los grupos identificados con la izquierda; en especial, los ecologistas.

Entre los más expuestos, los reclamos sobre la atención de la salud son la clave. El de EEUU es uno de los sistemas médicos más caros del mundo y casi la mitad de la población no cuenta con prepagas o atención privada asegurada. La promesa del presidente, Barack Obama, de un Estado que atienda estas necesidades, aún no se implementó plenamente, debido a la resistencia de los republicanos, de las empresas del rubro y de los propios legisladores demócratas, cuya posición le costó cara en los comicios.

La seguridad es otro gran tema en la calle. Washington es la ciudad más violenta de EEUU, con el mayor promedio de crímenes del país y uno de los más altos del continente. Los delitos no se ven en el centro, pero crecen en la periferia.

Iguales o diferentes, la realidad indica que en los procesos políticos se ponen en juego no sólo las cosas cotidianas, sino las ilusiones, las expectativas y los proyectos de corto, mediano y largo plazo; del elector y del elegido. El que hace cola para votar, sea un estadounidense o un argentino, piensa en ese momento si lo que está decidiendo es lo que más conviene. Cada dos años, la duda vuelve a presentarse, actualizada a partir de la experiencia reciente.